Russell Roberts mayo 15, 2018

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Usted se encuentra sentado en su casa y parece estar inusualmente fresco, tratándose de un día caluroso de verano. El aire acondicionado está rugiendo. Se levanta y le echa una ojeada al termostato. Cuando se confirman sus sospechas –que alguien ha bajado la temperatura del termostato- usted sabe lo que hay que hacer. Ajusta el dial para que llegue a un ambiente más confortable y con ello regresar a su lectura.

O, suponga que usted sale corriendo a hacer unas vueltas y, cuando abre la puerta, está lloviendo. No hay un interruptor que apagar, ningún dial que poner en “secar”. Usted se devuelve y agarra una capa o una sombrilla.

Es fácil dividir al mundo que experimentamos en estos dos tipos de fenómenos –cosas como la temperatura de su casa, la cual es resultado de la actividad e intención humanas, y cosas como la lluvia afuera, que no es el resultado de la actividad e intención humanas.

Pero, existe una tercera categoría de experiencia –fenómenos que son producto de la acción humana, pero no del diseño del hombre.

El idioma es un ejemplo. Nadie diseña o controla al idioma inglés. Hay expertos, auto-nombrados como tales, quienes tratan de influenciar la forma en que el inglés evoluciona, pero no tienen un control real mayor que el que puede tener el gobierno de Francia para impedir que el pueblo francés llame al sábado y al domingo, “le weekend,” en vez del vocablo aprobado por el gobierno “fin de semaine.”

¿Quién inventó el verbo “googlear”? ¿O los nombres “ciberespacio” o “blog”? Aún más crucial, ¿quién decidió que estas palabras podían ser usadas en la parla común, sin tener que explicarlas? Nadie. Porque nadie está a cargo, podemos esperar que el lenguaje sea caótico y al azar. Sin embargo, las palabras no caen como la lluvia. Qué palabras viven y qué palabras mueren, qué palabras deleitan la mente y qué palabras son ignoradas, no es un fenómeno al azar. Son seres humanos y sus escogencias quienes hacen que estas palabras (y no otras) sean parte del idioma inglés [idioma original de este artículo], porque son útiles. Pero ninguna persona es el árbitro. Lo somos todos nosotros, en cierto sentido. Pero no en el usual con que empleamos la palabra “nosotros”, en el sentido de una decisión colectiva. No hay tal decisión colectiva; simplemente es resultado de un número suficiente de individuos, quienes usan palabras específicas que se diseminan de boca en boca. El lenguaje emerge de la interacción compleja de aquellos que lo hablan, lo leen y lo escriben.

Irónicamente, no tenemos un léxico para esta forma peculiar de influencia grupal. No hay voto y no hay una delegación de poder a los expertos o a un comité por parte del grupo. Quienes hablan inglés, “deciden” qué palabras viven y cuáles mueren, pero no en la forma en que usualmente entendemos por “decidir”, lo que implica una decisión consciente. No existe la consciencia de grupo.

Otro ejemplo es el traslado al trabajo en las principales ciudades de los Estados Unidos. ¿Por qué se dura tanto durante las horas pico? ¿De quién es la culpa? De nadie. Pero no es un fenómeno al azar o natural. El tráfico es resultado de la acción humana, pero no resultado del diseño humano. El tiempo requerido para ir de aquí a allá, emana de la interacción compleja de las decisiones tomadas por aquellos quienes manejan. Tiene predictibilidad, a pesar del hecho de que nadie está intentando que se dé de esa manera. El tráfico es más lento en la hora pico que durante el mediodía. El tráfico es más lento en las grandes ciudades, en comparación con las pequeñas.

Esto no significa que no haya formas de afectar el tiempo que se dura conmutando o ante un fenómeno emergente [que surge, que emerge, que se va presentando, que se desarrolla]. La congestión del tráfico no es como la lluvia. No obstante, las formas obvias, los procederes parecidos al ajuste de un dial, no funcionan en la manera en que la gente lo espera. Ampliar las autopistas y agregar alternativas de transporte público fracasan en reducir el tráfico durante las horas pico, excepto en un muy corto plazo. Estas “soluciones” tratan a los resultados de un proceso emergente, como si fueran la temperatura del termostato. Inevitablemente fracasan.

No tenemos problema para envolver nuestras mentes alrededor del concepto de que ningún individuo está a cargo, de cuánto tiempo toma ir de aquí a allá durante la hora pico, en una importante ciudad estadounidense. Nadie discutiría que, tan sólo porque yo manejo el carro y que tomó media hora extra para mi viaje durante la hora pico, mi intención era que el viaje tomara tanto tiempo. Aun cuando yo manejara al carro, aunque yo estaba al volante, todos entendemos que no era mi intención sufrir esa media hora extra. Entendemos que esa media hora extra se debió a las elecciones individuales de todos los otros choferes. También, entendemos que sería absurdo sugerir que “nosotros”, todos los choferes combinados, tenemos una intención colectiva de que el viaje durante la hora pico tome más tiempo que aquél en hora no-pico. No es la intención individual. Y tampoco es resultado de una intención colectiva. Ese concepto no tiene sentido.

Similarmente, si usted se traslada a vivir de St. Louis a Washington, D.C., tal como lo hice hace dos años, se dará cuenta de que una casa en Washington, D.C., es más cara que una casa comparable en St. Louis. Cuando compré mi casa en Washington, no me enojé con el vendedor porque me cobró ese precio tan alto. No le eché las culpas por la discrepancia de los precios entre su casa y la similar de St. Louis. No expresé furia porque él me estaba cobrando casi diez veces, lo que había pagado por su casa cuando era nueva, allá en 1969. La mayoría de la gente entiende que el precio de una casa no es realmente fijado en algún sentido real por el vendedor o por cualquier otra persona o por una voluntad colectiva. Nadie planeó que el precio de la vivienda en Washington D.C., se duplicara durante los últimos cinco años, tal como lo ha hecho.

La Economía es el estudio de tal fenómeno que se va desarrollando, en particular cuando están involucrados precios, ya sea monetarios o no-monetarios. Llamamos “mercados” a esos fenómenos. Es un término desafortunado, pero, por supuesto, no tengo control sobre ello. Es el término que ha sido usado por un siglo o más y es posible que sobreviva. No obstante, digo desafortunado porque, en la mente del público, el término “mercado” invoca, ya sea al Mercado de Valores de Nueva York o un mercado de los agricultores, a interacciones centralizadas, altamente organizadas, entre compradores y vendedores. La mayoría de lo que estudiamos en Economía como mercados, trata de interacciones descentralizadas, no organizadas, entre vendedores y compradores.

Sin embargo, estas interacciones descentralizadas, no organizadas, resultan en precios, ya sea monetarios, como en el caso de las casas, o no monetarios, como en el del tráfico, que les dan cierto orden a aquellas interacciones, a pesar de que no han sido dispuestos por individuo alguno o por un grupo. Ese orden, esa predictibilidad, corre a través de nuestras vidas, en formas que raramente apreciamos.

Para servirnos de un ejemplo muy importante, el orden de los precios y la resultante carencia de escaseces, permiten que el conocimiento se disperse ampliamente, por medio de la especialización. Tal especialización le da sostén a nuestro estándar de vida. El nivel de especialización surge al mismo tiempo que los precios, pero son los precios los que hacen que todo aquello sea posible. A una empresa que hace lápices nunca le preocupa que haya una escasez de grafito o de madera de cedro o una escasez de laca amarilla. La especialización le permite a la fábrica de lápices subcontratar estos materiales y evitar la acumulación del conocimiento necesario, para manejar todos los procesos que involucra hacer lápices. El surgimiento de los precios permite que aparezca un mundo, en donde nadie conoce cómo hacer todo lo que es propio de un lápiz. Ese mundo es placentero, porque es uno en donde los lápices son baratos, abundantes y siempre confiables.

Entender ese fenómeno emergente que los economistas llaman un mercado, es la esencia de la manera en que piensa la Economía. Por contraste, el cerebro humano parece estar más acostumbrado a lo que se podría llamar la forma de pensar de la Ingeniería, en donde la acción humana y el diseño humano funcionan juntos. Si estoy insatisfecho con el tamaño de mi cocina, hago un plan y, siguiéndolo, si es un buen plan, el resultado es una cocina más grande. Una persona que se sienta, esperando que venga una nueva cocina sin diseño o acción, se decepcionará. O, si noto que las hojas están cayendo de los árboles, no tengo la esperanza de que ellas por sí mismas se vayan a recoger. Tengo que planear rastrillarlas y hacerlo, en verdad. Variar mi termostato para alterar la temperatura en el interior de mi casa, es otro ejemplo.

Sin embargo, la manera de pensar de la Ingeniería no funciona con el fenómeno que se desarrolla. Tratar de variar los resultados que van surgiendo, es inherentemente más complejo que construir un puente o expandir el tamaño de su cocina e incluso que poner un hombre en la luna. Entender el desafío involucrando, es empezar a entender aquella vieja pregunta de por qué podemos poner un hombre en la luna, pero no podemos eliminar la pobreza. Poner a un hombre en la luna es un problema de ingeniería. Es el rendimiento de una aplicación suficiente de razón y recursos. Eliminar la pobreza es un problema económico (y por la palabra “económico” no doy a entender financiero o algo relacionado con el dinero), un desafío que involucra resultados que van emergiendo. En tal escenario, tan sólo el dinero -en las cantidades que algún enfoque no económico puede sugerir, en donde se ignora el impacto de los incentivos y de los mercados- es poco posible que sea exitoso.

A Thomas Sowell le gusta decir que la realidad no es optativa. Pero, ¡oh, deseamos tanto que lo sea! Queremos cambiar los resultados sin que haya consecuencias, con la misma facilidad con que ajustamos el termostato en la pared de nuestra casa. Queremos lograr, mediante un dial, que aumenten los salarios y que se reduzcan los precios de la gasolina. Queremos culpar a Wal-Mart por el hecho de que sus empleados ganan menos que el promedio de los Estados Unidos. Queremos culpar a China (o a México o a Japón o a la India) por nuestro déficit comercial. Queremos culpar u honrar al ocupante de la Casa Blanca acerca de si los nuevos empleos son de una paga baja o alta. Esta visión del mundo, que va contra viento y marea de la realidad y que ignora la complejidad inherente del mundo real, es de uso diario en el periodismo y es campo de cultivo de consecuencias no previstas.

Considere al empleado promedio de Wal-Mart, quien gana menos que el promedio y que no tiene beneficios de salud. Si el vendedor no es quien determina el precio de la casa, ¿por qué la gente culpa a Wal-Mart por pagar salarios bajos o de ofrecer beneficios inadecuados de salud? Parece obvio que Wal-Mart determina sus salarios, pero, eso es tan ingenuo como pensar que el vendedor de la casa es quien determina su precio.

Por ejemplo, mi ingreso es más alto que el del empleado promedio de Wal-Mart. Eso puede engañarlo para que piense que mi patrón, George Mason, es compasivo, mientras que al codicioso Wal-Mart tan sólo le interesan las utilidades netas.

A pesar de ello, la razón verdadera por la cual gano más que el empleado promedio de Wal-Mart, nada tiene que ver con la compasión de la Universidad George Mason, en comparación con la codicia de Wal-Mart. Tiene totalmente que ver con mis alternativas, además de la de George Mason, en comparación con las alternativas que tiene el empleado promedio de Wal-Mart; tal como el precio de mi casa depende de los precios de las casas alternativas de calidad similar. Si queremos que los Wal-Marts del mundo paguen salarios más altos, los trabajadores menos calificados han de adquirir más habilidades, educación, más alternativas que paguen mucho más.

Cuando expuse este punto a un estudiante, él respondió preguntándome por qué Wal-Mart tenía el derecho de explotar a trabajadores no calificados que tienen alternativas tan limitadas.

Sería tentador responder a esa pregunta con un cuestionamiento similar –qué derecho tiene un vendedor de casas en Washington, D.C., de explotar a un cliente potencial cobrándole un precio más alto, que el que la gente paga en St. Louis. Pero esa respuesta fracasa en dos aspectos más profundos. El primero es que Wal-Mart no está explotando a la gente al contratarla. De hecho, es lo opuesto. Al crear un modelo de empresa, que permite que trabajadores no calificados sirvan a clientes hambrientos de productos de bajo precio, Wal-Mart incrementa las alternativas disponibles para los trabajadores de pocas calificaciones y eleva sus salarios por encima de lo que, de otra manera, recibirían en un mundo en donde no existiera Wal-Mart.

El segundo punto es que, ver a Wal-Mart como la causa de los bajos salarios, puede conducir a políticas destructivas, tales como prohibirle a Wal-Mart que abra un negocio en su ciudad. Cuando Wal-Mart abre un nuevo negocio, los trabajadores, con entusiasmo, hacen fila en busca de una oportunidad para trabajar allí. ¿Cómo es que les pueden ayudar, el que se les reduzcan sus oportunidades?

Es desafortunado que, a menudo, gente bien intencionada se pone en acuerdo con los competidores de Wal-Mart, para obstaculizar que Wal-Mart y otros empleadores no puedan expandirse. Es trágico, cuando la falta de comprensión económica empuja a una nación al borde del caos.

Al escribir estas palabras [previo a setiembre de 2005], Nueva Orleans se encuentra en un caos. Un cierto número de refinerías de petróleo han sido puestas fuera de funcionamiento por el huracán Katrina. Los precios de los combustibles se han disparado. Los políticos están amenazando a los proveedores con acciones legales por “manipular los precios”, en un momento de crisis. Políticos, desde el presidente Bush para abajo, les están diciendo a los choferes que manejen menos o “sólo cuando es necesario,” como si tal frase tuviera sentido alguno. Estos políticos evidentemente creen que, rogando y sermoneando a los ciudadanos, pueden llevar a cabo el papel que desempeñan los precios, al crear y mantener orden, un orden en donde nunca tengo que pensar dos veces, e incluso una sola vez, acerca de si, para mi vacación, la gasolina estará disponible en la esquina o para cuando manejo para ir al trabajo o para cuando hago un viaje de emergencia al hospital.

La realidad, sin embargo, no es optativa. Usted no puede tener, al mismo tiempo, una reducción súbita de la gasolina disponible en el mercado y precios bajos. No existe un dial para la gasolina. El resultado de aquellas amenazas es fácilmente predicho –los oferentes ya la están racionando. Los choferes están preocupados acerca de las escaseces y, a luz de las amenazas para aplicar penas a los “especuladores”, están en lo correcto de preocuparse. Como resultado, se forman filas en algunas ciudades y, al quedarse sin gasolina, los vendedores en las gasolineras cierran más temprano; los mismos resultados que vimos cuando explícitamente, en vez de implícitamente, se pusieron controles de precios en los años setentas.

Friedrich Hayek escribió en The Fatal Conceit [La fatal arrogancia. Los errores del socialismo] que, “La tarea curiosa de la Economía es demostrar qué tan poco conocen realmente los hombres acerca de las cosas que imaginan pueden diseñar.” Desafortunadamente, cuando los políticos tratan de mover el dial para reducir los precios, a fin de preservar el orden, tan sólo lo que hacen es empeorar el problema. Haríamos bien en recordar la naturaleza emergente de los precios, en especial en tiempos de crisis.

Russell Roberts

Russell Roberts es profesor de Economía en la Universidad George Mason y miembro investigador del Instituto Hoover de la Universidad Stanford. Es el editor de artículos de la Library of Economics and Liberty y el anfitrión de EconTalk.

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