Russell Roberts mayo 15, 2018

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Todos tenemos un buen conocimiento intuitivo acerca del poder del comercio. En el nivel más sencillo, si usted tiene algo que yo quiero y si yo tengo algo que usted quiere y si intercambiamos el uno con el otro, ambos estamos mejor.

De manera que, si yo puedo tejer y usted no, y si usted puedo hacer crecer trigo, pero yo no, obviamente tiene sentido, para mí, cambiar uno de mis suéteres por algo de su maíz. Usted y yo podemos discutir acerca del “precio” -cuántos elotes vale uno de mis bellos suéteres- pero, una vez que se realiza el acuerdo, usted está más tibio y yo voy en camino de estar menos hambriento.

El comercio parece ser algo sencillo.

Hace casi doscientos años, David Ricardo descubrió algo que no es tan sencillo acerca del comercio, que llegó a llamársela ventaja comparativa. He aquí una historia que nos permitirá explorar juntos los misterios del comercio.

LA ISLA DEL TESORO

En una ocasión, Peter y Pamela Palmer de Nueva York, NY, estaban navegando solos en un bote de vela, en su viaje de luna de miel por los Mares del Sur. Asustados ante un cielo que súbitamente se estaba poniendo negro, los Palmer trataron de dirigir rumbo a casa a su pequeño bote, pero era demasiado tarde. Los Palmer se encontraron en medio de una terrible tormenta tropical. Fueron lanzados a muchas millas de la marina del centro turístico en donde se hospedaban. El bote de vela se volteó y la pareja con dificultades llegó a una isla que, de alguna manera, pudieron divisar en medio de las capas de lluvia y de las olas embravecidas.

Los Palmer exploraron la isla. La mayor parte de ella estaba rodeada de acantilados escarpados. Tan sólo la playa, en la cual fueron lanzados en la costa, permitía un acceso fácil al océano. En el centro de la isla había una fuente de agua pura. No hallaron signos de que fuera habitada por humanos.

Los Palmer durmieron cerca de la playa, de manera que tendrían todo el día para arponear peces con un palo afilado. Encontraron cáscaras de cocos quebrados, para en ellos poder llevar agua desde la fuente en el centro de la isla. Pasaban sus días pescando y trayendo agua desde la fuente, en espera de ser rescatados. No obstante, no llegó ayuda alguna.

La situación no era muy promisoria. Peter era un diseñador gráfico en una agencia de publicidad de anuncios de mucho empuje. Pam estaba a cargo de la tecnología de información en la misma firma. Ninguno de ellos estaba muy capacitado para vivir en una isla.

El viaje de ida y vuelta al centro de la isla, en donde estaba ubicada el agua fresca, tomaba todo un día. Ni Peter ni Pam estaban en capacidad de llevar más de dos cántaros, hechos de cáscaras de coco, llenos de agua, al refugio que habían hecho de hojas de la palmera. Y, ya fuera que Peter o Pam pescaran, cada uno de ellos, durante todo un día de pesca, podía capturar sólo dos de los peces escurridizos, que saltaban aquí y allá en el agua poco profunda.

A menudo, la escasa captura les dejó con hambre. Si los dos Palmer pescaban, podían duplicar su captura, pero, cuando trataron de hacer tal cosa, la carencia de agua condujo a deshidratación y mareos y su captura de peces flaqueó. Todo lo que podían hacer era tratar y sobrevivir hasta que fueran rescatados.

Una noche se presentó una tormenta. La lluvia cayó a torrentes. El destello de un rayo iluminó la playa y el océano. ¿Era aquello una persona luchando en el agua? ¡Eran dos personas! Otra pareja había naufragado.

Los Palmer les ayudaron a los dos jóvenes a salir del agua. Eran Fred y Felicia Fisher, de San Diego, California, también de luna de miel, quienes colapsaron a los pies de los Palmer, exhaustos por su aventura.

La mañana siguiente, la tormenta había pasado y los Palmer les mostraron a los Fisher el hoyo en donde estaba el agua, las cantimploras improvisadas hechas con las cáscaras de coco y el palo afilado que usaban para pescar.

Antes de que terminara la semana, era evidente que los Fisher estaban mejor preparados para una vida en la isla, en comparación a como lo estaban los Palmer. Los Fisher eran más altos y fuertes. Los Palmer notaron que, si Fred o Felicia traían los cántaros llenos de agua fresca desde el centro de la isla, al mismo tiempo cada uno podían traer tres, en vez de los dos que cualquiera de los Palmer podía traer, sin regar ninguno de ellos. Y también parecían ser mejores en la pesca.

Entre otras cosas, hay Dios, algo más quedaba claro para los Palmer. Los Fisher no querían tener algo que ver con ellos. Cualesquiera intentos de amistad o cooperación eran rechazados rápidamente. De forma que los Palmer continuaron laborando, esperando por un rescate y haciendo lo mejor que podían.

Las semanas pasaban, luego los meses. Una noche, los Fisher estaban asando pescado relleno de hierbas, la cuales los Fisher las habían plantado en el jardín de hierbas, el cual habían podido empezar, porque habían dispuesto de ese cántaro extra, lleno de agua.

Una brisa llevó el aroma delicioso adonde los Palmer. Pedro no lo disfrutó.

“Un maldito pescado,” dijo ella. “Pienso que ambos estamos perdiendo peso,” le respondió Pedro. ¿Parezco demacrado?”

“No.” Mintió Pam. Pero, él se veía más flaco. Ella sabía que también ella estaba perdiendo peso. Sus ropas le quedaban más flojas que cuando había llegado, una señal reveladora.

“Tenemos que obtener más alimentos,” dijo Pedro. “Más proteína. He estado pensando acerca de ello durante unos días. Me parece que tenemos tres opciones y ninguna de ellas es muy atrayente. Pedro le resumió a su esposa las tres alternativas:

1. Saqueo –atacar a los Fisher y robarse algunos de sus pescados.
2. Caridad –rogarle a los Fisher para que les dieran algo de pescado.
3. Invertir –dejar de consumir ahora para consumir mañana- figurarse alguna manera de hace una red o una lanza mejor.

Ambos estuvieron de acuerdo que el saqueo nunca funcionaría. Los Fisher eran más grandes y fuertes. La caridad estaba fuera de discusión. Los Fisher no parecían ser muy caritativos. La inversión no era factible. Para cuando se figuraran una manera de hacer una red o una lanza mejor, se habrían muerto de hambre. ¿Qué podían hacer?

“Qué divertido, usted mencionó ‘saqueo.’” dijo Pam. “Es una palabra tan anticuada. Yo tuve un profesor de economía que, de hecho, hablaba mucho acerca del saqueo. Él dijo que, hasta el nacimiento del capitalismo, el saqueo era la forma principal de cómo se podía salir adelante. Usted golpeaba a su vecino en la cabeza y tomaba sus cosas. He aquí el punto interesante acerca del saqueo. El saqueo parece que simplemente lo que hace es volver a arreglar el pastel producto de una economía.”

“Estás en lo correcto,” dijo Pedro, feliz de olvidar sus problemas por un momento y pensar acerca del impacto del saqueo. “El robo significa más para mí y menos para mi vecino. La cantidad total no varía.”

“Eso parece correcto; sin embargo, mi maestro me señaló que el robo hace que el tamaño del pastel, apropiadamente medido, se encoja.”

“¿Qué significa ‘apropiadamente medido?’” preguntó Pedro.

“Si su vecino le puede dar un golpe en su cabeza, entonces, usted construye una cerca, cierra con candados a sus puertas, usted compra una pistola. Todas esas cosas son parte del pastel de la economía, pero son un tipo de actividad económica del cual usted no deriva de él un placer real. Son cosas que usted tiene que hacer, para poder conservar la parte del pastel que en verdad disfruta. De manera que el verdadero pastel, la parte que le hace feliz o que le brinda a usted satisfacción, es realmente más pequeño. Además, si usted piensa que su vecino puede darle un piñazo en la cabeza, usted no va a molestarse en tratar de hacer más grande al pastel. Es como esa red que usted mencionó. Aun cuando pudiéramos construir una antes de morirnos de hambre, los Fisher simplemente nos la robarían. De manera que, primero que todo, ¿para qué molestarse? El robo hace que el pastel sea más pequeño y lo conserva de esa forma.”

“Grandioso.” Ahora usted sabe por qué estoy deprimido. Necesitamos un milagro. Alguien tiene que encontrarnos pronto y, dado qué tanto tiempo hemos estado desaparecidos, las posibilidades de ello no son muy buenas.”

“Espera un minuto,” dijo Pam, perdida en sus pensamientos.

“¿Qué?”

“Aguántese.” Pam se quedó quieta por un momento. “Puede haber una cuarta vía.”

“¿Un cuarta vía? ¿Qué trata de decirme?”

“Robar, rogar, tejer una red para pescar. Esas son tres. Pero hay una cuarta vía. La aprendí en mi clase de economía.”

“Oh, grandioso,” dijo Pedro. “Déjeme adivinar. ¡Ya lo tengo! ¡Suponga que tenemos más pescados!”, dijo Pedro, sacudiendo su cabeza. Él había recibido una case de economía en la universidad. Un montón de teoría y de supuestos tontos, que no tenían nada que ver con el mundo real. Los economistas eran tan poco realistas.

“Estás cerca,” dijo Pam. Ella tomó un palo y empezó a hacer marcas en la arena. Las miró, luego las borró y empezó de nuevo, haciendo un nuevo arreglo.

Pedro también se quedó viéndolas. Las marcas parecían peces y algunos círculos. ¿Qué es lo que significaban? Algo para Pam, evidentemente. Finalmente, ella asintió con la cabeza. “Puede ser que funcione,” se dijo a sí misma.

“¿Qué tipo de clase de economía era esa, Economía Egipcia? Esos parecen jeroglíficos.”

“No, era una clase de principios de economía. Cuando usted mencionó saqueo, me recordó la cosa más genial que aprendí en esa clase.”

“Qué, ¿sin tomar en cuenta todas las partes desagradables de la realidad?”

“No. La ventaja comparativa. La mayor contribución de David Ricardo a la teoría económica.”

“He oído de eso, Pam. Pero, ¿no era eso acerca del comercio?”

“Lo es. Vamos a intercambiar con los Fisher y eso va a salvar nuestras vidas.”

Ella hizo algunas marcas adicionales en la arena y le mostró a Pedro lo que tenía en mente. Había muchas fracciones y proporciones para su gusto, pero le cayó la idea. Ella debe de estar en lo correcto, pensó él. Tal vez.

La mañana siguiente, Pam y Pedro hicieron el viaje que tomaba medio día para ir a la poza de agua, cada uno llenó los cántaros con agua y los llevaron de regreso a la casa, arribando a la playa en la cual pescaban y se durmieron al anochecer, todo demasiado tarde para que alguno de ellos fuera a pescar. Pedro no podía dejar de preocuparse de que, al dejar de pescar, pudieron estar cometiendo un suicido. Especialmente cuando necesitaban más proteína, no menos. Pero, Pedro confiaba en su esposa.

Almacenaron dos cántaros con agua cerca de donde durmieron y llevaron dos adonde los Fisher, quienes pasaban el rato en su parte de la playa, en tanto disfrutaban del atardecer.

“Hola,” dijo Pam. “Muchachos, ¿estarían interesados en un poco de agua extra?”

“Claro,” dijo Felicia Fisher. Ella pensó que sería bueno poder tener un poco de agua extra. Así podría plantar algo más de las hierbas. Ella podría tomar un baño, sin tener que hacer la caminata hasta la poza de agua y tener que regresar tarde.

Pero, ¿“Cuál es el truco?,” preguntó el esposo de Felicia.

“Me gustaría intercambiar. Dos cántaros de agua por cuatro pescados.”

“¡Cuatro pescados!” Fred Fisher estaba molesto. Se puso de pie. “¡Cuatro pescados! Cada uno de nosotros pesca seis peces al día. Si les diéramos cuatro, entonces…”

“¿Usted captura seis pescados en un día? Eso es maravilloso. Eso significa que…

“Si hacemos esa negociación,” interrumpió Fred, “cada uno de nosotros terminaría con dos pescados al día. Suelo tener hambre después de comerme tres pescados al día. De manera que, vete.”

Después de que los Palmer se alejaron adonde no se les escuchara, Pam tuvo una inspiración.

“Simplemente dejemos esa agua a los Fisher como un regalo.”

“¿Estás loca?”

“No, no lo creo.” Y, de nuevo, Pam le explicó lo que tenía en mente. En tanto los Fisher disfrutaban del atardecer, los Palmer dejaron el agua en la entrada de la cabaña de los Fisher. Al día siguiente, hicieron lo mismo. E igual el día que le siguió, aun cuando la tercera vez ya estaba oscuro. Tenían que caminar más lentamente que lo usual –estaban débiles por el hambre.

Pero, en el tercer día, al llegar a dejar el agua para los Fisher, fueron recibidos por Felicia Fisher.

“Aquí están,” dijo ella, extendiendo sus brazos. Le entregó a Pam cuatro pescados, envueltos en hojas frescas para mantenerlos frescos. “Disfruten. Ustedes fueron más inteligentes que nosotros.”

Los Fisher continuaron haciendo el trato todos los días, aceptando dos cántaros con agua por cuatro pescados. Resultó que fue un buen acuerdo para ambas familias. La posibilidad de intercambiar varió la forma en que los Fisher y los Palmer pasaban sus días.

Una vez que existía el comercio, los dos Fisher fueron de pesca y capturaron 12 peces. Después de darle cuatro a los Palmer a cambio de los dos cántaros con agua, se quedaron con 8 pescados, dos más de los que cada uno había disfrutado cuando eran auto-suficientes. Cada uno tenía un cántaro menos de agua, pero los dos podían sobrevivir con dos cántaros al día. Sus hierbas se murieron. Pero, un día con ocho pescados sin arreglar, era mejor que seis más gustosos.

Los Palmer acudieron por agua cada día. Después de darles los dos cántaros a los Fisher, estaban en capacidad de tener cuatro pescados, dos cántaros más de los que habrían disfrutado cuando eran auto-suficientes.

LA VENTAJA COMPARATIVA

La historia de libro de texto de esta transformación es que los Fisher tienen una ventaja comparativa en pescar. Si bien son mejores que los Palmer, tanto en recolectar agua como en pescar, los Fisher tienen una ventaja comparativa en pescar. Son relativamente mejores pescando, que lo que son recogiendo agua, en comparación con los Palmer. Noten que hay dos sentidos de “en comparación” en la frase anterior –estamos comparando pescar con recoger agua y a los Fisher con los Palmer. La ventaja comparativa no tiene sentido en un mundo de un solo bien o de una economía de sólo una familia.

No obstante, la naturaleza engañosa de la “ventaja comparativa,” conduce a la confusión al haber gente que dice cosas tales como “la lección de la ventaja comparativa es hacer lo que usted hace mejor” o que “la lección de la ventaja comparativa es hacer lo que usted hace ‘relativamente bien.” ¿Qué es lo que exactamente significan estas afirmaciones? ¿Cómo se generalizan para el comercio internacional, en un mundo de muchas naciones y de muchos bienes y servicios?

Una forma más fácil para entender la lección de la ventaja comparativa, es darse cuenta de que hay dos formas de cómo los Palmer obtienen el pescado, la manera directa y la manera indirecta. La manera directa es salir a pescar. La manera indirecta es recoger agua e intercambiarla por pescados. ¿Cuál es mejor? Depende de cuál manera es la más barata. Si los Palmer pescan, deben sacrificar cuatro cántaros de agua para obtener cuatro pescados. Si los Palmer intercambian con los Fisher, el adquirir esa misma cantidad de pescado tan sólo le cuesta a aquellos dos cántaros de agua. Para los Palmer, la manera indirecta es más barata.

Para los Fisher, lo lógico es lo opuesto. Aun cuando son mejores que los Palmer en recoger agua, les sale más barato a los Fisher conseguir el agua, capturando los peces y cambiándolos por ella. Y es más barato para los Fisher obtener pescado capturándolos ellos mismos, en la manera directa. No hay otra manera para que los Fisher obtengan agua y encuentren un canje con los Palmer, que haga que ambos estén mejor.

Si un visitante llegara a la isla para rescatar a dos familia, encontraría a una familia que era buena en la pesca y, la otra, en la recolección de agua. La imagen parecería ser como la que les dije al inicio del ensayo –si usted es bueno en hacer crecer el maíz y yo soy bueno en tejer, podríamos intercambiar maíz por un suéter. Así, los Fisher cambian parte de su pescado por algo del agua de los Palmer. Sin embargo, claramente el visitante se está perdiendo de la verdadera película acerca de lo que está sucediendo. Lo que el visitante ve, esconde lo que realmente sucede.

Aun un visitante que descubre la historia de la isla, puede ser engañado en cuanto al poder de la especialización. Usualmente pensamos que las ganancias de la especialización surgen porque somos mejores en algo, por hacer la cosa una y otra vez. Sin embargo, nadie en la isla se ha hecho mejor en lo que hacen.

Entonces, ¿de dónde vinieron esos pescados extras? Aun en el más simple de los mundos, este mundo de la Isla del Tesoro, adonde dos familias intercambian dos bienes entre ellos, las cosas no son así de simples. Y ¿cuáles son las lecciones de la ventaja comparativa en el mundo real, el mundo en donde hay millones de nosotros comerciando con millones de bienes y servicios, a través de las fronteras internacionales, un mundo en el cual los empleos son destruidos y creados, en vez de reacomodados, como lo son en la Isla del Tesoro, un mundo en el cual los términos en los que se intercambia son determinados por los mercados, en vez de una negociación entre dos partes en situaciones desesperadas? ¿Es la simple lección de David Ricardo acerca de la ventaja comparativa, algo más que un ejemplo ingenioso de libro de texto, que resuelve preguntas engañosas de un examen?

Trataré y contestaré estas preguntas en la siguiente parte de este ensayo


Traducción por Jorge Corrales.

Russell Roberts

Russell Roberts es profesor de Economía en la Universidad George Mason y miembro investigador del Instituto Hoover de la Universidad Stanford. Es el editor de artículos de la Library of Economics and Liberty y el anfitrión de EconTalk.

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