Richard M. Ebeling junio 12, 2018

[ A+ ] /[ A- ]

Todo acerca de la recesión, la recuperación y el impacto del estado regulador.

Lo que ahora sabemos que fue una de las peores crisis económicas y financieras después de la Segunda Guerra Mundial, empezó hace alrededor de unos diez años, allá en el 2007. Varios comentarios en retrospectiva se han enfocado en torno a la severidad de la recesión económica, su impacto sobre diferentes mercados y segmentos de la población y las lecciones derivadas de ella. Una lección importante que debe aprenderse es que fue una crisis causada por la política gubernamental y no por algo inherente a la economía de libre mercado.

La recesión tuvo su origen en los años de mala administración monetaria y de políticas intervencionistas equivocadas, emanadas del Sistema de Reserva Federal y de Washington, D.C.

LA EXPANSIÓN MONETARIA

Entre el 2003 y el 2008, la Reserva Federal inundó los mercados financieros con una enorme cantidad de dinero. La medición de la Reserva Federal de la oferta de dinero, conocida como M2 (efectivo, saldos en cuentas de cheques y diversas denominaciones pequeñas de cuentas de ahorro e inversión), se incrementó en cerca de un 40 por ciento durante esos cinco años. La medición monetaria de la Reserva Federal, conocida como MZM (M2 más una variedad de cuentas del mercado de dinero menos los depósitos a plazo), se expandió en casi un 50 por ciento durante esa media década.

El Banco de la Reserva Federal de St. Louis monitorea el impacto de la expansión monetaria sobre las tasas nominales y reales de interés. En la mayoría de esos años, las tasas claves de interés en el mercado, ajustadas por la inflación, fueron cero e incluso negativas.

Entre fines del 2002 y finales del 2005, la Tasa de Fondos Federales (la tasa a la cual los bancos se prestan fondos entre ellos por periodos de tiempo cortos) y el rendimiento de fondos del Tesoro a un año, estaban entre cero y menos dos por ciento, al ajustarse por la inflación (medida por el Índice de Precios al Consumidor).

Se elevaron a territorio positivo en el 2006 y en el 2007, pero luego volvieron a caer en el rango negativo, a principios del 2008. Y desde ese entonces, excepto por un breve período en el 2009, han permanecido en el rango de tasas de interés reales negativas, algunas veces con un negativo de dos e incluso hasta de menos cuatro por ciento.

LA MANIPULACIÓN DE LA TASA DE INTERÉS

¿Qué significa eso en la realidad? Suponga que yo estoy de acuerdo en prestarle a usted $100 por un año, bajo su promesa de devolverme el principal de $100 más $2 al final de los doce meses, que representan un interés del dos por ciento sobre el dinero. Pero, suponga que, al final de ese año, me devuelve, no los $100 que le había prestado, sino sólo $98. No sólo no me devolvió los originales $100 con el pago de interés prometido de $2, sino que me faltan $2 de lo que originalmente pidió prestado.

Ahora bien, una vez más, suponga que le presto a usted $100, bajo la promesa de pagarme $102 en un año a partir de ahora. Y suponga que, en efecto, al final de los doce meces usted me paga de regreso los $102. Pero, también, asuma que durante ese período los precios han aumentado en un dos por ciento. Una canasta de bienes que yo podía haber adquirido con los $100 antes de que se los prestara, ahora cuesta $102 para adquirirla. En términos reales de compra, los $102 que yo recibí de usted, son suficientes sólo para comprar la misma canasta de bienes que $100 adquirían hace un año. En términos reales de compra, como prestamista, no he recibido un ingreso positivo por intereses, durante el préstamo que le hice.

Pero, suponga que los precios se han elevado en más del dos por ciento, de forma que la canasta de bienes aumenta su costo a, digamos, $104. Entonces, los $102 que me devuelve ni siquiera son suficientes para comprar la misma canasta de bienes de hace un año. Eso representa una tasa de interés “negativa” del préstamo que le hice.

Por supuesto, desde el punto de vista de quienes piden prestado, la pérdida del prestamista es ganancia para ellos. Él devuelve el principal y el interés que se han depreciado en cuanto a poder de compra en el mercado durante el período del préstamo, obteniendo así fondos para invertir a un menor costo que si los precios, en general, hubieran permanecido estables o si la tasa de interés nominal hubiera sido más alta, comparada con la tasa de inflación sucedida en ese lapso.

LA BURBUJA DE LA VIVIENDA Y EL DERRUMBE

Debido a la política monetaria de la Reserva Federal durante el lapso 2003-2008, el sistema bancario se inundó de dinero para prestarlo a todo tipo de prestatarios. Para atraer a la gente a pedir préstamos, los bancos no sólo redujeron sus tasas nominales de interés (y, por lo tanto, del costo de pedir prestado), sino que también disminuyeron sus estándares de calidad crediticia.

Para lograr que el dinero saliera de sus puertas, las instituciones financieras encontraron formas “creativas” de empaquetar los préstamos hipotecarios, en ofertas negociables que luego podrían pasarlas a otros inversionistas. Parecía que se minimizaba el riesgo de emitir todos esos préstamos de alto riesgo [subprime] para viviendas, que, en realidad, eran la versión del mercado de la vivienda de bonos basura de alto riesgo. Los temores se calmaban por el hecho de que los precios de las viviendas se mantuvieron creciendo, en el grado en que los compradores de casas los elevaron más y más con todo ese dinero nuevo creado por la Reserva Federal.

Al mismo tiempo, agencias de seguros de vivienda creadas por el gobierno, como Fannie Mae y Freddie Mac, estaban garantizando un número creciente de hipotecas de alto riesgo, con la seguridad de que “el prestigio y la solvencia” plena del Tío Sam estaba detrás de ellas. Para la época en que el gobierno tomó el control total de Fannie y Freddie en el 2008-2009, tenían garantías por la mitad de los $10 billones del mercado de vivienda de los Estados Unidos. (Ver p. 4 de mi artículo, “A Collapse Made in Washington” (Un colapso hecho en Washington)).

Menores tasas de interés y estándares de crédito reducidos también estaban alimentando una bonanza enorme de gastos de los consumidores, que resultó en un incremento del 25 por ciento en la deuda de los consumidores entre el 2003 y el 2008, desde $2 billones a $2.5 billones. Con tasas de interés tan bajas, había pocos incentivos para ahorrar para mañana y un enorme incentivo para consumir hoy. Pero, según la Oficina del Censo de los Estados Unidos, durante ese período de cinco años, el ingreso real promedio aumentó en sólo un 2 por ciento, como máximo. Por lo tanto, las cargas de la deuda de las personas se elevaron dramáticamente.

La política monetaria fácil de la Reserva Federal y todo el castillo de naipes de las hipotecas garantizadas por el gobierno de los Estados Unidos, empezaron a derrumbarse en el 2008 y, más tarde, una enorme caída en el 2008-2009. Las bajas tasas de interés inducidas por la política monetaria y los métodos de crédito creativos, resultaron en un significativo mal uso y una mala asignación de recursos: Demasiadas viviendas tenían demasiada gente que no podía pagarlas; demasiados proyectos de inversión que no eran sostenibles en un ambiente posterior a la burbuja y demasiado endeudamiento de los consumidores para lo que en realidad podían adquirir con su riqueza e ingresos, ajustados por la recesión.

EXPANSIÓN MONETARIA Y MANIPULACIONES DE LA TASA DE INTERÉS CON POSTERIORIDAD AL DESPLOME

El mismo Sistema de Reserva Federal que produjo el exceso monetario que generó la burbuja y su eventual estallido, se ocupó luego de inundar los mercados financieros incluso con más dinero recién creado.

Entre el 2009 y el 2016, el banco central de los Estados Unidos incrementó la Base Monetaria (efectivo y reservas en el sistema bancario) en más de $3 billones, mediante la compra de valores del gobierno de los Estados Unidos y adquirió una enorme cantidad de valores “tóxicos” respaldados por hipotecas, agregando a su propio portafolio de “activos” una cantidad equivalente. Durante ese período, las mediciones de oferta de dinero M2 y la MZM de la Reserva Federal, aumentaron, cada una, en casi el 85 por ciento de lo que eran en el 2008, casi que duplicando la oferta de dinero que estaba siendo usada por la gente en el mercado.

Pero, con un incremento enorme de $3 billones en la cantidad de reservas disponibles para prestar, debido a la compra por parte de la Reserva Federal de valores del Tesoro de los Estados Unidos y de hipotecas, muchos esperaban un incremento mayor en M2 y MZM y un aumento más significativo de la inflación con el paso del tiempo. En vez de ello, la generalidad de los precios aumentó sólo en alrededor de un 16 por ciento entre el 2008 y el 2016.

La razón de ello fue un nuevo giro en la manipulación del dinero en el sistema bancario por parte de la Reserva Federal. Desde el 2008, el banco central había estado pagando a los bancos para que no prestaran. En el tanto en que los bancos miembros individuales encuentren que la tasa de interés ofrecida sobre sus reservas en exceso (que no se han prestado) es más atractiva (dado el riesgo, la solvencia de los prestamistas potenciales, etcétera), y potencialmente más rentable que prestar todas las reservas que tenían a disposición suya y mía, han dejado que $2 billones de esas reservas queden parqueadas en sus libros con la Reserva Federal.

El verdadero diferencial de intereses, que ha hecho tan atractivo para los bancos mantener grandes reservas en exceso, puede ser pequeño en términos absolutos, pero, cuando estamos hablando de cientos de millones de dólares a discreción del banco, incluso un diferencial pequeño significa un montón de dinero.
LA INTERVENCIÓN DEL GOBIERNO OBSTACULIZÓ EL AJUSTE DEL MERCADO

La economía de los Estados Unidos y la ciudadanía estadounidense no podían escaparse de un proceso correctivo después del 2008. Los precios de viviendas habían sido empujados demasiado altos y tenían que ajustarse a niveles más realistas. Y mucha gente simplemente no podía costearse las viviendas que compraron durante el período de la burbuja; ellos no se habrían metido en esta situación financieramente desastrosa, si las tasas de interés artificialmente bajas y los programas de garantía de los préstamos no los hubiera puesto desde el principio en esas casas.

Las empresas sobre-extendidas tenían que reducirse dramáticamente y, en algunos casos, salir del mercado. Los trabajadores, que habían sido atraídos a empleos y salarios insostenibles debido a toda la cantidad de dinero de la Reserva Federal que estaba dando vueltas, se encontraron a sí mismos desempleados.

A pesar de las promesas de los políticos y a las ilusiones de estilo Keynesiano, los rescates de billones de dólares y los paquetes de “estímulos” sólo prolongaron la agonía y retrasaron cualquier recuperación económica verdadera. Esto empezó con la infusión obligada de capital en el sistema bancario durante los últimos meses de la administración de George W. Bush, por medio de la “nacionalización” parcial en forma de una adquisición gubernamental obligatoria de acciones de los bancos, la que tomó varios años para que finalmente se desmantelara.

Lo que la administración Bush empezó su último año a cargo, la administración Obama la continuó en el 2009. Debido a la incertidumbre acerca de sus costos e impactos, la agonizante puesta en marcha del ObamaCare exacerbó las dificultades para la recuperación de la economía. (Ver mi artículo “For Healthcare, the Best Government Plan is No Plan” (“Para el Cuidado de la Salud, el Mejor Plan Gubernamental es Ninguno”.))

Al mismo tiempo, el control regulatorio sobre el mercado estranguló la capacidad de lograr una recuperación más rápida. En el 2016, el Registro Federal de regulaciones federales llegó a tener casi 100.000 páginas de leyes burocráticas, restricciones y órdenes, un 20 por ciento de incremento desde el 2008, cuando las leyes regulatorias cubrían “sólo” alrededor de 80.000 páginas impresas en el último año de la administración Bush.

Se estima que a los empresarios les cuesta alrededor de $2 billones en gastos de cumplimiento para reportar y satisfacer las demandas de las agencias reguladoras del gobierno; eso fue más de un 10 por ciento del Producto Interno Bruto de los Estados Unidos en el 2016.
EL REZAGO EN LOS MERCADOS DE TRABAJO

Otro factor en la lenta recuperación económica ha sido la tasa de participación en el mercado de trabajo. En el 2007, el número de personas en la fuerza de trabajo era el 66.4 por ciento de la población en edad de trabajar. En el 2017, la tasa de participación en la fuerza de trabajo cayó a un 62.9 por ciento de la población en edad de trabajar, un descenso de más del 8 por ciento. Durante esta década, la población en edad de trabajar de los Estados Unidos creció en alrededor de un 10 por ciento, pero el número de personas que entró a la fuerza de trabajo fue de sólo un 4 por ciento, según la Oficina Nacional de Estadísticas de los Estados Unidos.

¿Adónde se fueron esos miembros de la población en edad de trabajar, si no entraron al mercado laboral? La administración Obama redujo significativamente los requisitos de elegibilidad para recibir beneficios por discapacidad de la Administración del Seguro Social, independientemente de la edad. El número de personas que satisfizo los menores estándares de elegibilidad, que a su vez se mantuvieron alejados del mercado laboral, aumentó de 6.8 millones a más de 8.8 millones en diez años, un aumento de casi un 30 por ciento.

Entre tanto, el gasto de Discapacidad del Seguro Social aumentó de $90 miles de millones en el 2005 a más de $150 miles de millones en el 2016, un incremento del 60 por ciento.

Mientras que la tasa de desempleo oficial del gobierno puede haberse reducido a algo tan bajo como un 4.3 por ciento de la fuerza de trabajo a julio del 2017, la tasa general de desempleo de los jóvenes fue de un 11.4 por ciento y la tasa de desempleo de jóvenes afro-americanos resultó con un 25.4 por ciento.

Además, la Oficina de Estadísticas Laborales estima que, si se agregan a la medición oficial trabajadores de tiempo parcial, quienes con gusto aceptarían un empleo de tiempo completo, y trabajadores desalentados, quienes desean encontrar trabajo y han cesado de hacerlo, llevaría al desempleo en los Estados Unidos a julio del 2017 a un 8.9 por ciento.

Difícilmente ese es un ejemplo de un panorama laboral exitoso, en especial porque alguna gente que no puede encontrar el empleo deseado de tiempo completo, está amarrada a un empleo de tiempo parcial debido al mandato patronal del ObamaCare.
EL GASTO DEL GOBIERNO Y LA CRECIENTE DEUDA NACIONAL

Una recuperación de la recesión del 2008-2009 más plena también ha sido impedida por los impuestos en todos los niveles de gobierno -federal, estatal y local- que actualmente llega a ser de alrededor de un 35 por ciento de Producto Interno Bruto de los Estados Unidos. En otras palabras, el gobierno se apodera de más de uno de cada tres dólares de producto valorado en el mercado de la economía. De un PIB estimado en $19 billones en el 2017, se proyecta en números absolutos que este año todos los niveles de gobierno absorberán alrededor de $7 billones para gasto gubernamental.

Pero, no todo lo que el gobierno gasta viene de impuestos. Pedir prestado, especialmente en el nivel federal, cubre una gran parte. Esto ha estado haciendo que crezca dramáticamente la deuda general federal.

El proceso competitivo de oferta y demanda logra el balance de las actividades productivas de decenas de miles de negocios con las demandas de todos nosotros, como consumidores.

Cuando George W. Bush entró a la Casa Blanca, la deuda federal de los Estados Unidos era de $4 billones de dólares. Se duplicó durante su administración a $10 billones. Durante los ocho años de la administración de Barack Obama, de nuevo la deuda se duplicó, llegando a casi $20 billones cuando dejó el cargo en enero del 2017.

No parece haber un final a la vista de un crecimiento continuo de la deuda gubernamental al continuar los déficits de los presupuestos anuales y se espera que crezca hasta la próxima década, debido a programas distributivos de “ayuda social”. (Ver mi artículo “Trump’s Budgetary Blueprint Retains America’s Welfare State” (El Borrador de Presupuesto de Trump Conserva el Estado de Bienestar de los Estados Unidos)).

No es de extrañar que la economía de los Estados Unidos haya requerido más de una década para tener alguna apariencia de recuperación económica, pero lejos de lo que un mercado libre habría podido lograr, y que podría estar lográndolo.
EL CAPITALISMO ES LA SOLUCIÓN, EL GOBIERNO ES EL OBSTÁCULO

El sistema capitalista es la gran máquina de prosperidad humana. Crea los incentivos de ganancias para la industria y la innovación que literalmente ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas de todo el mundo, durante el último siglo. El proceso competitivo de la oferta y la demanda logran el balance entre las actividades productivas de decenas de miles de empresas, con las demandas de todos nosotros, los consumidores, tanto aquí en los Estados Unidos, como alrededor del mundo.

No existe sistema económico en toda la historia que haya tenido la misma habilidad para obtener tanto bien material como cultural, como el mercado libre, abierto y competitivo. Pero, el sistema capitalista no puede hacer su trabajo si el gobierno interfiere con su operación. Onerosos impuestos gubernamentales, una regulación torpe del gobierno, un gasto gubernamental equivocado y una mala administración del sistema monetario sólo tienen éxito en entrabar los trabajos, como demasiada arena en la máquina. (Ver mi artículo “The Free Market vs. The Interventionist State” (“El Mercado Libre versus el Estado Intervencionista)).

La mejor política pro-activa que el gobierno federal y la Reserva Federal podrían haber tomado desde el inicio de la recesión del 2008-2009, habría sido admitir que sus propias políticas del pasado causaron la crisis económica y, luego, dejar solo al mercado que se equilibre a sí mismo y que re-establezca la base de un crecimiento y empleo sostenibles.

Pero, por supuesto, esto habría requerido la reversión de las premisas, de los supuestos y del saqueo político del moderno estado de bienestar intervencionista y el sistema que le acompaña de planificación monetaria central. Requeriría un rechazo de las perspectivas colectivistas ideológicas y de política que continúan dominando y dirigiendo a todos esos gobiernos alrededor del mundo, incluyendo a los Estados Unidos.

También aclararía el hecho de que, todo por lo cual ha pasado la economia estadounidense durante la última década, no es una “crisis del capitalismo,” entendido como un mercado verdaderamente libre, sino la crisis de un sistema económico administrado y manipulado de control, de mando y de corrupción que le acompaña. Por desgracia, no parece posible que veamos ya sea o bien tal admisión o el rechazo en el futuro inmediato o previsible.

Richard M. Ebeling

es Profesor Distinguido BB&T de Ética y de Liderazgo de Libre Empresa en La Ciudadela en Charleston, Carolina del Sur. Fue presidente de la Fundación para la Educación Económica (FEE) del 2003 al 2008.

Deja un comentario

Ir a la barra de herramientas