Nicolas Baez junio 13, 2018

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Hace unos años atrás, para el año en el cual vivimos actualmente, soñaba con un mundo en donde existieran avances sociales y tecnológicos de gran nivel, automóviles voladores, la cura contra la hambruna, el secreto de la creación del universo revelado, entre otras muchas cosas. Lamentablemente, el “progreso y avance social” por parte de quienes llevan la lucha feminista de tercera ola de manera radical y extremista ha llegado al límite de lo absurdo.

Considerar y pretender que el lenguaje que históricamente se ha utilizado y que hasta el día de hoy sigue vigente es violento e incita al odio es sencillamente ridículo. He tratado de ponerme del lado de quienes defienden esta causa, pero realmente no logro entender los verdaderos fundamentos de dicho movimiento, pues, jamás he visto una mujer que se sienta excluida ni mucho menos, poca cosa, cuando alguien dice “voy a hacer el almuerzo para todos”. ¿Acaso alguna mujer se sentiría excluida? ¿De verdad pensaría usted que le tocaría aguantar hambre? Pedir un domicilio ¿quizás?

Sentirse excluido, según la psicología, es un rasgo que denota inseguridad personal, la exclusión, per sé, no es un problema del lenguaje, es un problema que se genera desde la óptica que las personas quieran darle (o no) al sentido de las palabras. A este paso, si seguimos así, vamos a tener que usar el término “ser vivo con rasgos femeninos” para evitar mal entendidos con los grupos radicales.

Ahora bien, con esto no desconozco que exista, al menos en Colombia, situaciones de machismo que inciten al odio. De hecho lo reconozco y considero que es reprochable y, justamente por eso, debe ser combatido. Pero la solución no está en la promoción del lenguaje no sexista, para atacar este mal debe hablarse con mensajes claros, no con mensajes claros, claras y clares. Deben adoptarse medidas que generen serias sanciones para las personas que incurran en estos actos de odio, de hecho, con el dinero que Bogotá pretendía (pues el caso ya cayó) gastar en su nuevo cambio de eslogan de “Bogotá Mejor para Todos” a “Bogotá Mejor para Todos y Todas” -tras una ridícula e infundada ordenanza de un juez- se habría podido mejor invertir ese dinero en campañas que promuevan la concientización y educación contra el machismo, y no solo eso, también contra todo tipo de discriminación.

Si lo que el movimiento feminista pretende es que se hable de médicos y médicas, deberían también optar por promover, cosa que no sucede, el cambio en el lenguaje para que se hable de periodistos y no de periodistas. Sin duda, la tercera ola radical feminista carece de fundamento para alegar el cambio de los términos del diccionario, además de estar corrompida por un cinismo evidente y odio contra el sexo masculino, pues es notorio reconocer que solo abogan por las palabras que puedan convenir a ellas, excluyendo, de este modo, las necesidades lingüísticas del género masculino.

Finalmente, el lenguaje inclusivo cuenta con un gran déficit en lo que concierne al fundamento práctico mírese por donde se mire. Incluso, si aceptáramos (cosa que no es cierta) que el lenguaje tradicional es excluyente, formalizar el lenguaje no sexista en el diccionario sería un error, pues incluso la RAE ha señalado que una de las tantas funciones del lenguaje es brindar al empleador practicidad y agilidad para facilitar la expresión oral y textual, así que, obligar a las personas a usar el lenguaje inclusivo incurriría en una falta que roza lo absurdo (nuevamente), pues si el lenguaje inclusivo fuera la regla general, tendría que hablarse en los textos de niños y niñas, ellos y ellas, nosotros y nosotras, personajes y personajas (ah no, eso no), docentes y docentas (eso tampoco), es tedioso, ridículo y agotador, por no tener que decir que es inservible.

El lenguaje sexista divide. ¡Basta!


 

 

 

 

 

 

 

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