John Alejandro Bermeo mayo 27, 2018

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Defiendo que debería ser totalmente legítimo que un hombre acuerde con otro la venta de su voto, porque en últimas esto solo es una transacción libre y beneficiosa para ambas partes como cualquier intercambio voluntario. Sé que los seguidores más acérrimos de la democracia dirán que algo así destruye la “auténtica” democracia, empero, por suerte para ellos, no me voy a referir al valor monetario del voto, sino, al valor que tiene nuestro voto a la hora de elegir un gobernante.

Se nos repite constantemente que salgamos a votar, que nuestro voto puede hacer la diferencia. Pues bien, hagamos un cálculo muy simple para conocer el valor de nuestro voto. ¿Nos están mintiendo o no?

Siempre he pensado que Rousseau, socialista, y uno de los mayores defensores de la democracia, nos ha dado uno de los mejores argumentos contra esta, o al menos, contra las democracias de masas tal como se conocen hoy en día con millones y millones de votantes.

Veamos cómo puede ayudarnos a entender este problema con un escrito de hace más de doscientos años:

“Supongamos que un Estado tiene diez mil ciudadanos […] Así, el soberano es al súbdito como diez mil a uno; es decir, que a cada miembro del Estado, le corresponde la diez milésima parte de la autoridad soberana, aunque esté sometido enteramente a ella. Si el pueblo se compone de cien mil hombres, la condición de los súbditos no cambia, pues cada uno soporta igualmente todo el imperio de las leyes, en tanto que su sufragio, reducido a una cien milésima, tiene diez veces menos influencia en la redacción de aquéllas. El súbdito permanece, pues, siendo uno, pero la relación del soberano aumenta en razón del número de individuos, de donde se deduce que, mientras más el Estado crece en población, más la libertad disminuye”.[1]

Vemos entonces una relación inversamente proporcional, mientras más aumenta el número de la población más disminuye el valor del voto. Si es solo una persona la que toma la decisión respecto de un asunto, su decisión es unánime, podemos decir que el voto de esa persona vale un 100%, pero si son dos, su voto ahora vale 50%, y si son tres, 33.33% y así sucesivamente.

Si somos diez personas cada voto vale un 10%, si somos cien personas, ahora vale un 1%., si somos mil personas, un 0.1%., si somos diez mil, un 0.01%., si somos cien mil, un 0.001%., si somos un millón ahora vale un 0.0001%. En Colombia p.ej, en este momento hay treinta y seis millones de personas habilitadas para votar, esto quiere decir que el voto de cada colombiano tiene un valor de 0.00000277777%, y si solo participara la mitad como suele ser, solo habría que multiplicar esta cifra por dos.

Ahora si tomamos el caso de Estados Unidos con doscientos veintisiete personas habilitadas para votar, y además, teniendo en cuenta que los votos de unos Estados tienen un menor valor que otros, la cifra es todavía más irrisoria.

A parte de poder concluir con esto que nuestro voto no tiene ningún valor, que no vale la pena pelear con nuestro prójimo por un voto, que hay más probabilidades de ser atropellado camino al centro de votación que el voto haga alguna diferencia, que es más probable ganar el premio millonario en la lotería de navidad, y a que nunca en la historia un candidato ha ganado con diferencia de un voto, conjuntamente, podemos concluir algo de mayor trascendencia, que lo racional en democracia es ser irracional.

Me explico, ser racional en democracia, implica una persona que ha investigado y estudiado en profundidad a cada uno de los candidatos, que entiende las posibilidades y viabilidades de sus propuestas políticas, ambientales y económicas. ¡Casi nada! ¿Pero qué incentivo puede haber para esto cuando ya hemos demostrado el valor real de nuestro voto? El cirujano entre otras cosas aparte de su responsabilidad tiene incentivos para saber de su materia, pero en el caso de los votantes no hay ningún incentivo, no hay buenas razones para prepararnos en una votación cuando nuestro voto desaparece en el mar de votos de los demás. No solo eso, las consecuencias de nuestro voto son externalizadas en el resto de la sociedad, es decir, esas consecuencias son pagadas por todos, peor todavía, una vez un candidato ha sido elegido no hay nada que nos garantice que cumplirá sus promesas. De este modo el costo de informarse es muy alto y los beneficios nulos. Por lo tanto, en palabras de Bryan Caplan en su libro “El mito del votante racional”: «podemos esperar de los votantes el peor comportamiento cognitivo»


[1] Publicado originalmente en 1762. Rousseau, Jean-Jacques. (1999) “El contrato social”. (p.54).

John Alejandro Bermeo
Director at Inst. Mises Colombia

Culminó sus estudios de Derecho en la Universidad del Tolima. Es director del Instituto Ludwig von Mises Colombia.
Fue editor auxiliar del Instituto Mises y ha escrito diversos artículos académicos y de opinión para Panampost, KubernÉtica, FEE, Instituto Mises e Inst. Mises Colombia, Capitalismo para los pobres, entre otros.
Está disponible para entrevistas de prensa a través de su correo electrónico (alejoryand@gmail.com).

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