Lozano Eastman junio 12, 2018

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No hay ambición más sublime que la de hacer que todos los hombres se rijan por una misma ley, ni más inmensa frustración que la obtenida en el empeño de consumarla. Con el objetivo en mente de consolidar el imperio de la ley no se ha hecho otra cosa que afianzar la ley del imperio. Dado que una misma ley para todos exige atenerse a un mismo legislador, fueron ustedes, los estatistas, quienes para justificar su ambición invocaron a la supremacía de Dios, cuando buscaron ampararse en su omnipotencia, o la del Pueblo, cuando buscaron la aprobación de su soberanía.

Pensando entonces que la voz del pueblo es la voz de Dios, estuvieron prestos a crear constituciones en todos los países del mundo que, ya sea bajo monarquías o democracias, se rendían a la voluntad de ustedes los estatistas, quienes atribuyéndose ser heraldos de la razón, consideran a quienes se les oponen no como rebeldes a sus dictámenes sino como imbéciles que se niegan al curso legítimo de la historia.  Subestimando la tradición como un arraigo ridículo al pasado, se han atribuido la capacidad de predecir el futuro, atándonos a un eterno presente donde la justicia es burlada como instrumento del poder, confundiendo la ley con la legislación, las normas con órdenes y las reglas con mandatos.

Y aun con la unanimidad que reina entre ustedes, no han sido pocas las ocasiones en las que se han enfrascado en sendas confrontaciones y luchas por el poder. Sin embargo, como ustedes los estatistas no se diferencian por ideas sino por posición, por eso es que se hacen llamar de “izquierda”, “derecha” o “centro”, poco o nada importa detenerse entre sus diferencias cuando se presentan como un partido u otro, ya que terminan siendo de grado y no de principio, por lo  que, como heraldos de la dictadura que son, solo se preocupan de ofrecernos la misma tiranía desde diferente lugar a base de exenciones, subsidios y demás prebendas propias de la soberbia con la que ejercen el poder.

Ustedes son conscientes de que el poder es tan inútil como inevitable, dado que para adquirirlo y conservarlo lo tienen que compartir muchas veces con quien se los quiere quitar y que resistirse a él ya es una forma de ejercerlo. De esa manera, inclinándose entre la audacia y la prudencia al momento de concentrar y aumentar su poder no dudaron en hacerlo mientras decían que estaban ayudando a dividirlo y limitarlo. Los enemigos de hoy se vuelven así los amigos de mañana, alternándose y distribuyéndose el manejo del Estado en función de una coalición de intereses que no por frágil ha sido menos peligrosa.

Los abusos de poder que ustedes cometen desata la indignación entre sus subordinados lo suficiente como para despertar una consciencia de que el poder debe ser “regenerado” o “restaurado” para el propósito de servir y no de servirse. Así fue como un esperanzado entre mis contemporáneos hizo suya la consigna de “la restauración moral de la República” y cual tribuno del pueblo preparo, quizás sin quererlo, el advenimiento del dictador que con “Bolívar y Cristo” les devolvió la paz a nuestras vidas…  pero no todo el poder a ustedes los estatistas. Sabiendo que no se les iba a pasar El Tiempo haciendo de El Espectador, ustedes no demoraron en hacer un Frente al que calificaron de Nacional para suponer la aprobación de sus connnacionales y a establecer una Alianza que garantizara el Progreso… de ustedes, claro.

El escepticismo y recelo que suscitan entre la mayoría de población la práctica de sus “sanas” costumbres republicanas y democráticas ustedes lo juzgan como una apatía inconveniente de dichas gentes por no estar dispuesta a ser cómplices en cantar la épica de sus “gestas”. Y es que señores estatistas, el ágora nació para comerciar, no para embaucar, de manera que mientras ustedes hablan los demás intercambiamos, juzgando la riqueza y la libertad más valiosa para satisfacer nuestras necesidades que sus discursos, que cuando no divierten aburren. Y es que señores estatistas, hasta los payasos lloran, más si los embarga la soledad del poder y la desnudez de su ejercicio, como en el caso de ustedes.

No se confundan señores estatistas: si por buscar la gloria se ganan el ridículo no es por culpa de la mediocridad de sus congéneres, a quienes juzgan que por no dejarse eclipsar de lo extraordinario se apegan a lo ordinario y por ende no saben admirar sus hazañas, sino que la humildad al ejercer el poder no reconoce inferiores sino superiores… esos mismos a quienes ustedes juran en vano, como son Dios y el pueblo. La soberbia les hace creer que la historia los absolverá, pero a su vez los ciega como para no ver que la sentencia ya ha sido dictaminada: la humanidad prospera cuando los políticos duermen.

 

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